Desde la llanuras…CUESTIÓN DE FÉ

Cuando la unión no hace la fuerza, la cosa resultante puede ser un esperpento de proporciones dantescas.

Heme aquí, (vetusta expresión para referirme a algo que debería ser el futuro más próximo) a medio camino, entre la indignación, la resignación y el asombro. El tiempo, el devenir de los acontecimientos y el recuerdo de aquél sabio camarero, que me servía un combinado en un pub de moda de Bailén, todos los viernes después de mi jornada laboral, han contribuido a la debacle de la fe que desde hace años he profesado. El europeísmo. Tal vez una utopía, o tal vez una necesidad obligada para adaptar nuestra trágica historia común, esos proyectos que desde hace siglos han sido anhelos de grandes imperios y déspotas dictadores, a un realidad que devuelva la importancia en el escenario mundial, que la vieja Europa merece, ante tanta potencia emergente o consolidada.

Un europeísta convencido, dudando de sus maltrechas creencias, solo es el resultado de muchos desengaños encadenados.
Todavía siento la emoción de aquel 1 de enero de 2002, cuando retiré de un cajero los nuevos y flamantes billetes, porque necesitaba pagar el chocolate con churros obligado, con la moneda del progreso. Una moneda que parecía consolidar el sueño de aquella sociedad, que una vez analizados los desastres de la II Guerra Mundial, sembró de una manera seria, la idea de una unión política, económica y social, capaz de superar sus escasas diferencias culturales (que las hay, y es necesario preservar) para construir un espacio común, donde desarrollar esa manera tan definida que tiene todo europeo, en la forma de entender el mundo. De unir legalmente, de alguna manera, esas raíces comunes que nos unen a través de una historia compartida, donde lo místico se mezcla con lo terrenal. (Sírvanse los curiosos lectores por investigar el origen de la bandera europea).
Hacía tan solo tres meses, que regresé de mi primera experiencia europea, y recorrer parte de Francia y Bélgica, solo reafirmó mi idea, de que con la nueva moneda, se estaba dando un paso importante para la constitución de, llamémosle, algo parecido a una unión.

¡Nunca saldremos de nuestro poblado mental!, me decía ese sabio camarero. Creo que se llamaba Juanma y se fue a Santander al poco tiempo a probar suerte con los negocios. Como cada viernes, discutíamos sobre la actualidad amparados en la quietud y el sosiego de ese local a esas horas de la tarde. Se acercaban otras elecciones europeas, correría el año 2004, y los dos habíamos visitado Italia, algunos meses antes. Era mayor que yo, y por ende más sabio. Para mí, era la primera vez que podría votar al Parlamento Europeo, pero mi camarero favorito ya me dejó claro, que no servía para nada. Que los diferentes políticos de cada país de Europa, nunca tendrían la altura de miras suficiente, como para pensar en una unión sólida, más allá de la moneda única. Pensaba que esos políticos solo eran aparcados allí, por los partidos de cada país, por motivos internos y técnicos. Pensaba que el Euro, solo nos traería problemas, pues mientras no hubiera un gobierno autónomo y con políticas fiscales de mínimos para todos, solo reinaría la desigualdad. Era su opinión, respetable claro está, pero no la mía.

Yo voté en 2004 y voté en 2009, y lo volveré a hacer en 2014, aún sabiendo que todavía nadie entiende para que sirve. Aunque me pregunte, para que pagamos una estructura que nadie sabe en que está trabajando. Cuestión de fe, que le vamos a hacer.

Los problemas de Europa, siguen siendo asunto de Merkel, de Rajoy, de Hollande, y del presidente o primer ministro que tenga Estonia. El Banco Central Europeo, no rinde cuentas ante ningún Parlamento Europeo. Y lógicamente así nos va, con los intereses nacionalistas, por encima de los generales. Si lo de Cataluña es un absurdo en estos tiempos, en mi humilde opinión esto es algo parecido.
Que la Política Agrícola Común, sea el logro más significativo de esta Unión Europea, con la concesión de subvenciones a diestro y siniestro a las familias más importantes de Europa sin importar la producción, ya es un hecho suficiente, para alentar al desengaño que he sufrido con el tiempo.

La verdad, es que mirando los acontecimientos con frialdad, todo lo hemos hecho mal. Se ha comprobado, que no es posible mantener un espacio económico unido, si el medio de pago, aunque se llame igual, no tiene el mismo valor, en un lugar que en otro. La entrada de países, unos al Euro, otros a la Unión Europea ha sido un caos en los últimos años. Se han incorporado países sin limitación, cumpliendo unos requisitos demasiados livianos y dando lugar a unas desigualdades fiscales, laborales y sociales, inconcebibles en algo que quiera llamarse unión.
El mapa de Europa es fiel reflejo del desastre. Una Unión Europea, que no se sabe si está completa o va a aceptar a nuevos miembros originarios de los Balcanes, con unos países miembros del Euro, otros no y otros llamando a la puerta, con políticas fiscales y laborales, que ya de entrada se podrían calificar como competencia desleal y con una isla paradisiaca fiscalmente hablando en el centro, llamada Suiza.
Un último ejemplo, es la reciente ”tasa tobin” en 11 países de la Unión Europea, entre ellos España. Un impuesto que pretende gravar las transacciones financieras y recaudar una cantidad importante de dinero, pero olvidando un pequeño detalle. La facilidad que tienen las empresas de intermediación financiera, (las principales afectadas), para deslocalizar sus oficinas, hacía otros países miembros, que no se han sumado a la iniciativa.

En estos años de desengaño progresivo, he vuelto alguna vez a pasear por cierta zona europea, y he tenido la misma sensación. No somos tan diferentes. Una unión más efectiva es posible. Pero cada vez se requiere más fe. Una creencia que se convierte en ciega, cuando tu vecino se ha visto afectado en primera persona por las sinrazones enquistadas en estas instituciones.

El desastre, para la ciudad de Martos, de la deslocalización de la fábrica que Eldon mantenía en nuestra localidad, es otro episodio de este experimento, que no termina de cuajar. La decisión de la empresa, respaldada por la reciente reforma laboral, en su punto más siniestro, aquel que permite acogerse a un ERE a toda empresa que reduzca progresivamente sus beneficios, ha dejado a decenas de familias en una situación emocional muy complicada. Aquellos que la sufrimos desde hace tiempo, podemos asegurar lo frustrante que resulta encontrar un empleo que demandan cientos o miles de personas al mismo tiempo. Lo frustrante que es buscar salidas y solo encontrarte con trabas. Lo frustrante que es tener ilusiones, esperanzas o deseos y solo recibir bofetadas. Por eso, es obligado solidarizarse con estas personas.

Víctimas de un despropósito mayúsculo. De una Unión Europea que permite esas diferencias laborales y fiscales, entre unos países miembros y otros. Porque una empresa puede elegir establecerse en Asía, con la consecuente adaptación de sus métodos de trabajo a aquella cultura o cerca de los peligrosos juegos nucleares de Corea del Norte, puede elegir establecerse en América del Sur, con la constante amenaza de ser expropiados, puede decidir hacerlo en África, en India o en Qatar, bajo la presión de sufrir un ataque terrorista y la inestabilidad social del lugar, pero que puedan establecerse en países miembros de la Unión Europea, como Rumanía que aunque aún no forma parte de la moneda única, está a la espera, aprovechándose de unas instituciones estables y unas garantías jurídicas bien definidas, por no existir unas normas fiscales y laborales mínimas comunes para todos los países, es increíble.

Desconozco, hasta que punto nuestros representantes políticos locales y regionales pueden evitar que esto se produzca, pero mientras tanto, a nosotros solo nos queda hacer ruido, aunque parezca que no sirva para nada, hacer mucho ruido. Firmar las hojas disponibles en muchos comercios de la ciudad, acudir a cada acto en apoyo a los trabajadores o firmar la petición en la plataforma ciudadana change.org

En cierto modo, esto también es cuestión de fe. Aunque haya gente que, como ese sabio camarero escéptico con Europa, piense que no merece la pena.

Emilio Almodóvar

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